Ansiedad, ataques de pánico y agorafobia

Para muchas personas, los ataques de pánico, ansiedad y agorafobia son algo cotidiano y lo asumen con naturalidad, ya que la mayoría de las veces es confundida con estrés. Estos individuos no son conscientes de su nivel de agobio, tensión e inquietud porque lo achacan a una mala racha de nerviosismo y estrés debido a motivos laborales o personales; pero muchas veces, este nivel de tensión es claramente mas alto del que nuestro limite físico y metal esta dispuesto a tolerar, de ahí vienen los ataques y enfermedades derivadas de origen psicológico y psicosomático.

La mayoría de las personas sufren un ataque de este tipo a lo largo de su vida, porque debido a la educación que hemos recibido, que antepone el deber y la obligación antes que el goce y el descanso, muchas veces actuamos contrarreloj y bajo presión, e inconscientemente esto hace que la ansiedad vaya minando nuestras fuerzas. Con frecuencia, también nos sentimos derrotados ante ciertas frustraciones, y buscamos salidas o soluciones que mas bien agravan el problema mas que resolverlo (ansiolíticos, alcohol, tabaco). El cuerpo tiene sus limitaciones de funcionamiento, y no puede ser forzado a trabajar siempre a ritmo frenético.

Los ataques de pánico están relacionados con las crisis de ansiedad, pero los primeros son inesperados, ya que aparecen de repente y frecuentemente derivan en incapacidad para seguir con la vida diaria. La persona se siente súbitamente aterrorizada sin ninguna razón, derivando en síntomas físicos como palpitaciones; pueden ocurrir en cualquier momento, sin previo aviso, y es una enfermedad crónica y tratable. Este trastorno puede incluir o no agorafobia, que se traduce como el miedo patológico a estar en espacios abiertos y desprotegidos. Generalmente, es un tipo de ansiedad que el individuo experimenta en edad adulta, a partir de los veinticinco años, y asimismo puede darse en personas de mediana edad e incluso acrecentarse en la vejez. Los hombres la sufren mucho más que las mujeres.

Ante este tipo de ataques, lo que se recomienda ante todo es acudir a un especialista que determine las causas de tal trastorno, ya que pueden ser de tipo psicológico u orgánico. Hay que cambiar hábitos básicos en la conducta, tales como la alimentación, el descanso, el ejercicio y la diversión. Intentar llevar una vida normal y no de enfermo, enfrentarse a los miedos y a las situaciones, ya que es un trastorno interno que hay que trabajar con el terapeuta desde uno mismo. Cuando nos encontremos ante un ataque, hay que respirar hondo, reteniendo el aire dentro y expulsándolo lentamente hasta que notemos que desaparecen los cosquilleos y las palpitaciones. Evitar los malos pensamientos y la depresión, tras uno de estos ataques, es mejor intentar distraerse con actividades lúdicas o que nos den paz interior, como leer, pasear, el goce estético o una buena conversación. Incluso podemos auto-regalarnos algo como método de minimización del miedo. La autoindulgencia a veces es más poderosa que cualquier medicina, para aprender a valorarse y quererse.

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